De cebras y ovejas

A menudo sólo escribo para aclarar mis propias ideas y esta, es una de esas veces.

Sin comprender muy bien cómo, y con la misma certeza que poseo sobre el color primario de mi pelo, sé que nunca fui como los demás.

 Al principio pensé que todos eramos iguales, con el mismo número de inquietudes, aunque con diversos temas. Pero me equivoqué. O yo tenía más que el resto, o el resto no eran tan comunicativos como yo.

Pensé que parte de mis rarezas eran sólo mi responsabilidad, pequeñas manías que debía ir corrigiendo poco a poco para encajar en la sociedad; para que la sociedad me aceptara tal y cómo era.

Quizá sería bastante con esconder esa velocidad de pensamiento. Podía dejar atrás los múltiples puntos de vista que me permitían comprender diferentes conceptos de una forma distinta a mis coetáneos. Podía ignorar los razonamientos lógicos que dirigían mi conducta y la sociedad me aceptaría; renunciando a quién realmente era, aunque sin dejar de serlo. Sobreviviría a la adolescencia como los líquidos: Adaptándote al recipiente que te contiene, el instituto, el grupo de amigos, la familia… y con cada grupo una personalidad, un personaje, un atrezzo que te decora para encajar en el papel que eliges representar.

Hasta que caminas en esa edad en la que eres joven para adultos y adulto para los adolescentes. Eres el raro de tus amigos, el que piensa demasiado en cosas que a los demás no les interesa. Completamente apto para mantener esa conversación adulta y estimular ese pensamiento en quienes están dispuestos a escucharte, cuando los encuentras. He ahí el quid: De todas las mentes ovejunas que te rodean has de hallar las aptas para el pensamiento, que para mas inri, también decidieron esconderse para encajar con la sociedad.

Paseas por la vida saltando de pareja en pareja, sabiendo que en el mejor de los casos ellas querrán comprenderte, atisbando ligeramente tu realidad. Concediéndote cuántas libertades necesites, sin terminar de comprender lo que para ellas es incomprensibles. Se despierta ese proceso deslumbramiento. Sientes cómo tambaleas los principios de él/ella/ello, les estimulas mentalmente. Y sientes que tal vez esa admiración se debe a una comprensión, alguien te escucha y te comprende, o eso parece. Te empeñas porque de entre todas las mentes ovejunas, encontraste una que, como tu, era una cebra disfrazada de oveja. Error. Hay más de una mente divergente, busca la tuya.

Igual que sé, ahora, que no soy como el resto, sé donde me hallo feliz y plena en mis facultades mentales; con el riesgo que eso conlleva.

Vivir rodeado de ovejas, es fácil si lo admites. ¿Quién pone el eje de coordenadas? Tu. Yo decido si el vaso está medio lleno o medio vacío; a la mitad. No se es mejor que ni peor que, simplemente se es diferente. Y eso mola, porque cuando el lobo venga a por las ovejas, las cebras sobrevivirán.

-Cuando soplan las Musas-

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